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EL ANT√ćDOTO A LA VIOLENCIA

Por Hugo J. Byrne


La √ļnica importancia de la historia en el criterio de un servidor es la ense√Īanza pr√°ctica que nos ofrece para anticipar con ventaja los problemas futuros. El conflicto m√°s dif√≠cil y grave de todos es la violencia. C√≥mo hacerle frente. C√≥mo evitarla o detenerla antes de convertirnos en sus v√≠ctimas. En ese contexto es necesario reconocer que cuando somos atacados por un peligro irracional, como un jabal√≠ furioso, lo √ļnico que nos salva es el uso de otra violencia a√ļn m√°s letal. Lo s√© por experiencia.

La exaltación más extrema de la violencia es la guerra. La guerra puede evitarse en algunos casos cuando las diferencias no sean sobre principios y puedan someterse a un arbitraje honesto. Mussolini fue supuestamente llamado por Hitler para fungir como el árbitro imparcial en las negociaciones de Munich en 1938. El Duce miró impasivamente como el Canciller nazi manipulaba a su antojo a Neville Chamberlain, a quien Eduard Daladier secundaba en todo, como si en vez de ser el representante del pueblo de Francia, fuera el secretario particular del Primer Ministro británico.

Hay que tener en cuenta que Mussolini hab√≠a servido como voluntario en el Ej√©rcito Italiano contra el odiado Imperio Austro-H√ļngaro, aliado de Alemania en 1914, acci√≥n que le acarre√≥ heridas graves y la ruptura con sus colegas pacifistas del Partido Socialista Italiano. Como si eso fuera poco, consideremos tambi√©n que despu√©s de haber conocido al dictador alem√°n por primera vez, hab√≠a comentado a tres de sus ayudantes; ‚Äúnon mi piace‚ÄĚ (me cae mal). Ambos eran dictadores totalitarios y en consecuencia criminales, pero a diferencia del sangu√≠neo e intuitivo Hitler, Mussolini era un pol√≠tico cerebral y deductivo.

El pacto de Munich en 1938 sell√≥ el destino de Europa y el mundo con un resultado fatal para 50 millones de personas. Ning√ļn historiador serio niega hoy que ese destino se forj√≥ en Munich en 1938, cuando Mussolini decidiera, observando de cerca a Chamberlain y Daladier, que de las democracias occidentales no pod√≠a esperarse una actitud digna ni resuelta. Hitler obtuvo cuanto exigi√≥ all√≠, pero se propon√≠a alcanzar a√ļn m√°s. En vez de ocupar la Sudetenland (√°rea en disputa con poblaci√≥n germana), que se le cediera a Alemania en el acuerdo final, las fuerzas de la Whermartch invadieron impunemente Praga y todo el resto del territorio chekoslovaco. La siguiente demanda de Hitler, la Prusia Oriental y el llamado ‚Äúcorredor polaco‚ÄĚ, desencadenar√≠a la guerra.

La inconcebible decisión del Presidente Kennedy de reducir los planes de tres misiones de bombardeo a una sola, utilizando sólo dos tercios de los efectivos planeados, evitó la destrucción completa de las fuerzas aéreas de Castro en Bahía de Cochinos. Eso trajo un resultado inevitable: la derrota de los invasores.

Los bombarderos y aviones de transporte de los cubanos libres, cargados de combustible hasta los topes, apenas volaban sobre la batalla por unos pocos minutos para poder hacer el vuelo de regreso a Centroam√©rica, convirti√©ndose, gracias a Kennedy, en un ‚Äúturkey shoot‚ÄĚ para los cazas de Castro, los que pod√≠an sostener combate prolongado. M√°s de la mitad de los B-26 usados por los cubanos libres fueron en consecuencia derribados. Una cantidad desproporcionada de los 104 cubanos libres que perdieran sus vidas en la acci√≥n militar pertenec√≠an a la Fuerza A√©rea de la Brigada. Entre sus supervivientes se cuenta mi amigo el Capit√°n Ren√© Garc√≠a, h√©roe olvidado de esa fuerza, hoy languideciendo en un hospital de convalescientes. Los combatientes en tierra fueron dejados sin apoyo a√©reo alguno. Los cazas de Castro impunemente hundieron o averiaron casi todas las unidades de superficie, perdi√©ndose en ellas m√°s de la mitad de los aprovisionamientos y vituallas. Washington autoriz√≥ al final un vuelo simb√≥lico de jets del portaaviones Essex, no se sabe a√ļn con qu√© prop√≥sito. Ante su moment√°nea presencia las unidades castristas se desaparecieron y los exhaustos hombres de la Brigada vitorearon su presencia. Vana esperanza. Los pilotos del Essex carec√≠an de autorizaci√≥n para intervenir en el combate. Muchos de ellos maldijeron su impotencia.

En tierra, a pesar de la enorme desproporci√≥n entre las fuerzas oponentes y con el resultado nefasto de la acci√≥n ya en ninguna duda, los expedicionarios cerraron filas combatiendo con incre√≠ble denuedo hasta consumir sus √ļltimas municiones, Eso ocurri√≥ especialmente en los alrededores de San Blas, donde el enemigo castrista sufriera bajas en proporci√≥n de diez a una. En las playas los hombres de la Brigada destruyeron sus equipos antes de ser tomados prisioneros. El antiguo oficial del Ej√©rcito de Cuba Jos√© P√©rez San Rom√°n, jefe militar de la Brigada, rehus√≥ la oferta norteamericana de evacuaci√≥n, rugiendo por el radio antes de destru√≠rlo: ‚Äú¬°Nunca abandonaremos nuestra Patria!‚ÄĚ

El objetivo de ocultar la participación norteamericana, razón esgrimida para justificar el cambio traicionero y absurdo, nunca pudo lograrse. Por el contrario la mano de Washington fue comprobada ampliamente. No obstante, la primera gran pérdida de prestigio para Estados Unidos durante su larga y beneficiosa historia no fue consecuencia de su intervención, sino de su derrota. En un momento de legítima honestidad Kennedy lo reconoció. Dijo que la victoria reclama muchos padres y que la derrota es huérfana.

En el aniversario 49 de esa empresa de hombres libres, tuve la suerte de asistir a la celebraci√≥n local de lo que para los sobrevivientes de la batalla constituye una fecha de orgullo y recordaci√≥n. Resumiendo el agasajo, el Presidente de la Delegaci√≥n de la Brigada en California Orlando Atienza, pronunci√≥ una oraci√≥n emocionada e inololvidable. A las √≥rdenes del Segundo Batall√≥n de Infanter√≠a, Atienza destruy√≥ con su ‚Äúrocket launcher‚ÄĚ dos tanques rusos y un cami√≥n de tropas castristas el 19 de abril de 1961 en el campo de batalla de San Blas. Y esto no lo s√© por √©l.

Atienza, quien ha llegado por milagro a esa edad en que se empieza a gozar de los nietos (esto lo juzgo en base a que en 1961 quiz√°s tuviera al menos 18 √≥ 20 a√Īos de edad), termin√≥ su formidable discurso con la afirmaci√≥n de que, a pesar de cuantas amarguras le acarreara su acci√≥n heroica en Bah√≠a de Cochinos, de presentarse la misma oportunidad regresar√≠a por m√°s. No lo dudo. Quien ha expuesto la vida en defensa de la justicia bien sabe que el √ļnico ant√≠doto contra la violencia criminal de los tiranos es la violencia de los justos.



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