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Organizacion Autentica

Estrellas en retiro

Por Manuel Vázquez Portal


LA HABANA, marzo - La jaba fue su desgracia. El día que lo vieron rumbo al mercado, short de colorines, canillas pálidas, barriga fláccida, la gente empezó a dejar de respetarlo o de admirarlo o de temerle, ¿quién sabe? El caso es que ya no es el mismo Rodolfito -para unos-; mi hermano -para otros-; coronel -para todos.

Las estrellas que tanto le costó alcanzar parecieron apagarse. El antiguo titileo que lo envolvía como en un aura sagrada fue desapareciendo poco a poco. La autoridad que siempre lo acompañaba fue mermando con el paso de los días sin súbditos. El jeep cuatro puertas, ruso, que llegaba en los atardeceres con el vientre cargado y hacía de la vida hogareña un paraíso, no aparcó más frente a su casa. La casa de la playa para los ardientes veranos del Caribe se tornó recuerdos y nostalgias. El Lada con micro onda que llevaba a la niña al preuniversitario se quedó definitivamente en el cuartel. Las muchachas que lo creían un canoso interesante comenzaron a decirle "abuelo" al verlo pasar y su esposa, su propia esposa: altos moños, pecho inflado, vestidos "de afuera", envejeció de repente, se volvió achacosa, se puso regañona.

Comenzó a jugar dominó con los vecinos, a ponerse al tanto de la vida del barrio. Supo que las jineteras, un poco, lo eran porque querían vestir como su hija y tener a alguien que las llevara a pasear en automóvil como hacía él con Rebequita.

Conoció que la gente se aventuraba en una balsa porque eran muchos los discursos y pocos los frijoles. Porque el monólogo era muy largo y ellos querían también tener lengua. Porque los sueños terminaban donde comenzaba "el deber revolucionario".

Comprendió que los jóvenes tenían dos lenguajes: uno, para las reuniones del Comité de Base de la Ujotacé y otro para "ligar" un "yuma" que los sacara del país, y que en vez de doble moral, no tenían ninguna a la cual respetar.

Entendió que el dólar era dueño y señor de la calle, que el anexionismo del que le hablaban como una amenaza ya era una realidad y que un vecino con "remesa" ocupaba el lugar de distinción que antes ocupara él.

Descubrió que esa unanimidad que revelan las elecciones del Poder Popular no son más que molicie y agazapamiento, inercia y miedo. Que la Revolución no es más que un fósil al cual algunos miran con lástima, otros con gula, y los más, con burla.

Se sintió, al fin, un hombre confiable, ya sin atributos sospechosos, a quien se le dice la verdad por aquello de que está pasando por las mismas calamidades que todos.

En sus tardes vacías, sin estados de alerta, citaciones urgentes, acuartelamientos prolongados, tuvo tiempo para percatarse de que su hija era una resentida, hasta con él mismo, y que lo culpaba de sus frustraciones. Para ella el pasado de comodidades y prebendas no valía nada si ahora su reputación de comunista y su título universitario no significaban más que un empleo con mísero salario, un jefe que no tenía en consideración que su padre había sido coronel, un futuro de incertidumbres y reuniones. Y la había oído decir, al borde de la histeria, que en la primera oportunidad se largaría de este país de mierda donde no quería que su hijo -su nietecito del alma- envejeciera también envuelto por ese juego macabro de sacrificios y quimeras que a todos nos consumía.

Tropezó con el lenguaje del "camello" y pudo decodificar qué significaba "pellizca y dale", gritado alegremente por el cobrador al otro que cierra las puertas y le indica al chofer que puede arrancar después que la avalancha humana se ha amasijado en el interior y una muchacha vocifera colérica: "Oye, albañil, ve a repellar a tu madre" para que algún "jamonero" que la agrede por la retaguardia se separe de ella. Aprendió a soportar una axila húmeda y maloliente contra el cogote mientras el otro trata de aferrarse a un tubo preñado de manos que ya no hallan espacio para asirse. Aprendió a tolerar el pisotón de la gorda que con su sobreabundante caderamen va arrollando cuanto se interponga a su paso hacia la puerta de salida. Aprendió a contener la respiración cuando una ventosidad desconsiderada y agresiva se expande entre las narices de la muchedumbre y alguien exclama entre jocoso y cumpungido: "Ñooo, está podrí'o". Aprendió a ver a una ancianita con el desmayo pintado en las pupilas, las manos acalambradas y las piernas sin fuerzas sostenerse milagrosamente al respaldo de un asiento que un corpulento señor se niega a brindarle.

Fue testigo de la violencia callejera sin que pudiera remediarla. Vio a un bicicletero veloz arrancarle del cuello una cadena a una muchacha sin que nadie tuviera tiempo de intervenir. Vio a un guapetón de navaja y diente de oro zangalotear a un jovencito en el agromercado por el simple hecho de que le regateara el precio de unos plátanos maltrechos. Vio una riña de borrachos que entre palabrotas y pedradas, toletazos y trompones rompieron la tranquilidad nocturna a la salida de una discoteca. Vio, en la playa, a una manada de muchachones asaltar una guagua, abordarla por los ventanillos y dejar boquiabiertos a quienes llevaban horas esperando el ómnibus. Vio eso. Vio todo. Vio más y se sintió indefenso sin pistola, sin carnet, sin uniforme, sin aliento.

La jaba que el primer día le brindó el placer de saber cómo vivía la gente simple, compartir con ellos la cola para el pescado, escuchar sus opiniones, ver las fajatiñas por un turno en la fila, despotricar contra el sacrosanto comandante y vincularse, al fin, estrechamente a las masas -como exige el Partido- le reveló al país en toda su belleza, grandeza, heroicidad.


FIN


Por Manuel Vázquez Portal

CubaNet News, Inc.
24 de marzo, 2000

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